
—¡Ya lo veis! —suspiró Elisabeth—. Durante todo el tiempo en que nos hemos ocupado de ella, Sylvie sólo ha dejado de llamar a su madre para reclamar a mi hermano, al que llama «señor Ángel». Me ha costado un poco comprender que se refería a él, y por fin le he mandado llamar.
—De todas maneras, madre, había prometido venir a verla antes de irme a dormir.
—Todo esto es ridículo. Vuelve a tus aposentos y deja que llore. Acabará por parar.
—Sí, pero ¿cuándo? —preguntó su hija—. A mí también me gustaría dormir.
—Lo supongo. ¿Has dicho tus oraciones?
—Aún no. No hay modo de rezar con tantos gritos.
—Déjame a mí. Vamos a rezar todos juntos. Tú también, François, ya que estás aquí...
E, inclinándose hacia la cama, tomó en brazos a la pequeña, que seguía gritando, y fue con ella hasta el oratorio dispuesto en una esquina de la habitación. Allí, la hizo arrodillarse a su lado sobre un cojín de terciopelo azul dispuesto ante una imagen de la Virgen y la obligó a juntar las manitas. Sorprendida por este trato inesperado, Sylvie calló por fin, y levantó hacia aquella gran dama magnífica y severa en su vestido de tafetán morado una mirada inquieta e impregnada aún de miedo. Parecía ver en ella un poder que era necesario tener en cuenta, pero que, pese a todo, la sonreía al tiempo que la rodeaba con sus dos brazos para mantener juntos los dedos:
—Así está mejor. Y ahora, la señal de la cruz —añadió, guiando el gesto de la niña, antes de entonar la oración—: Ave María, gratia plena, Dominus tecum...
Resultaba claro que la pequeñina no había empezado aún a ejercitarse en el latín. Su nodriza o su madre debían de colocarla sobre sus rodillas para hacerla recitar una plegaria sencilla, apropiada para los niños. Sin embargo, aquel galimatías le pareció divertido y se lanzó a una improvisación chapurreada que puso a dura prueba la seriedad de Elisabeth, de François y de las camareras arrodilladas detrás de la duquesa.
