El resto de sus palabras se perdió en las profundidades del castillo. La gobernanta no se preocupó lo más mínimo. Todo el mundo sabía que la duquesa era propensa a decir incongruencias. A veces de forma voluntaria; era la mejor manera de sobreponerse cuando la emoción podía llegar a paralizarla.


Mientras la huérfana pasaba su primera noche lejos de una casa que no había de volver a ver hasta pasado mucho tiempo, empezó el baile de las sucesivas partidas. El primero fue Perceval de Raguenel, escoltando el carricoche en que iban el prior del capítulo de la iglesia principesca y un acólito; después, una hora más tarde, la carroza de Philippe de Cospéan, que llevaba a Madame de Vendôme y a Mademoiselle de Lichecourt, la acompañante preferida de la duquesa por su buen sentido, su calma imperturbable y su profunda piedad. Finalmente, al amanecer se pusieron en marcha las carrozas que habían de trasladar a los hijos de César al resguardo de las murallas de la que no sólo era la capital de sus dominios, sino también su lugar de residencia preferido.

La pequeña Sylvie, para la que había trabajado una camarera durante toda la noche con el fin de ajustar a su talla vestidos antiguos de Elisabeth, parecía haber olvidado sus penas y observó con ojos como platos los últimos preparativos cuando salió del castillo a la luz del alba, bien acomodada entre los brazos de Madame de Bure, conmovida por la fragilidad de la pequeña y su expresión de gatito desamparado. El aire era cristalino. La tormenta de la víspera y el chaparrón consiguiente habían limpiado los tejados de pizarra, los mármoles del castillo que la aurora teñía de color rosado y todo el paisaje circundante. El bosque vecino despedía la fragancia de las hojas recién lavadas, la hierba nueva y la tierra mojada. En manos de los cocheros, los caballos piafaban de impaciencia, prestos a galopar hacia un destino al que evidentemente no llegarían en el día mismo, porque entre Anet y Vendôme la distancia era de unas treinta y tres leguas.



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