
La gobernanta tendió su carga a un lacayo con el fin de disponer de mayor libertad de movimientos para subir al coche; pero Sylvie empezó a patalear y retorcerse con tanta fuerza que las manos del hombre resbalaron sobre el vestido de gro de Nápoles de color violeta oscuro —lo más parecido al luto que habían podido encontrar— y dejaron caer a la niña, que afortunadamente no se hizo daño. Apenas puesta en pie, echó a correr tan aprisa como lo permitían sus enaguas blancas y sus piernecitas, dando gritos de alegría: acababa de ver al «señor Ángel» que salía a su vez del castillo en compañía de su hermano Louis y del ayo y preceptor de ambos, el padre Jacques Gilíes, al servicio de los jóvenes príncipes por encargo del capítulo de la iglesia de Saint-Georges, anexa al castillo de Vendôme. Era un personaje majestuoso, muy amigo de la buena mesa, que, temeroso de las corrientes de aire, caminaba con pasos cautos envuelto en una especie de sobretodo acolchado de terciopelo negro. Aparte del latín, que dominaba como un virtuoso, no sabía gran cosa, pero cantaba los oficios religiosos con una magnífica voz de bajo. Las enseñanzas que impartía no corrían el riesgo de sobrecargar en exceso el espíritu de sus alumnos, pero ésa no era una cuestión que preocupara al duque ni a la duquesa: sus hijos estaban destinados a convertirse ante todo en soldados y buenos cristianos.
El digno eclesiástico consiguió evitar por poco a Sylvie, que pasó por su lado a la carrera y fue a aterrizar entre las piernas de François lanzando gritos de alegría. El muchacho se agachó para ayudarla a levantarse, y de inmediato ella enlazó los bracitos alrededor de su cuello y le plantó en la mejilla un gran beso un poco húmedo.
—¡Por todos los diablos! —se burló Louis—. Se diría que habéis hecho una conquista. Esta jovencita os adora.
