—Es el rey, y le debemos amor y obediencia, algo que no podría esperar jamás el obispo de Luçon. Hazme un favor, François, e intenta olvidar que esa niña te ha sonreído.

El muchacho bajó la cabeza.

—Por amor a vos, lo intentaré, madame —murmuró sin poder contener un suspiro que provocó una sonrisa en el rostro hermoso pero algo severo de la duquesa.

—Me gustan tu franqueza y tu obediencia, François. Ven a darme un beso.

Aquél era un raro favor desde que el muchacho había sido puesto al cuidado de los hombres de la casa. Lo apreció en su justa medida y se sintió algo consolado por su sacrificio; pero cuando algo nos ronda por la cabeza, es muy difícil desecharlo sin más.

Bajo los techos dorados del hôtel de Vendôme, en París, François no consiguió olvidar a Louise, y cuando, a finales del mes de mayo, la duquesa, sus hijos y la casa entera, huyendo de las pestilencias parisinas, fueron a instalarse a orillas del Eure, el enamorado de diez años no pudo impedir que le asaltara una alegría inhabitual: ¡con un poco de suerte, la vería!


François se equivocaba si creía que únicamente su madre y él estaban enterados de su secreto: también su hermana Elisabeth, dos años mayor que él, había notado algo. Ensoñaciones súbitas, rubores fugaces y otras manifestaciones desconocidas hasta entonces en un muchacho turbulento, belicoso, apasionado por los caballos, las armas y la independencia, y dotado de una vitalidad que gobernantas y preceptores coincidían en calificar de extenuante, habían hecho atar cabos a su hermana durante los meses de invierno. Sin embargo, se guardó sus impresiones y fue solamente en el momento de bajar de la carroza en el patio de honor del castillo cuando, después de dejar que el hermano mayor, Louis de Mercoeur

—Si tienes algo que decirme, dímelo ahora —gruñó, empleando el tuteo del que se servían únicamente cuando estaban a solas—. ¿Es que he hecho alguna tontería?



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