
Eso era exactamente lo que ahora sentía François, y ni por un segundo se le ocurrió disimular:
—En efecto, señora. ¿Veis algún inconveniente en ello?
—Quizá. Dime primero por qué querías ir allí. ¿Es por esa niña? Ayer observé que ella te sonreía y que tú le respondías. ¿La habías visto alguna vez?
—Nunca. Por eso tenía ganas de volverla a ver. Es muy bonita, ¿no os parece?
—Desde luego, pero eres un poco pequeño para interesarte por las chicas. Además, no estoy segura de que encontraras un buen recibimiento en su casa. Los Séguier no son amigos nuestros.
—Pero ayer asistieron a la misa.
—Se trataba de un homenaje al difunto rey, tu abuelo. Y sus tierras dependen de nuestro principado de Anet; eso les obliga, pero no significa que esa familia recién ennoblecida esté dispuesta a rendirnos pleitesía. Por lo demás, a tu padre no le gustaría: los Séguier, como muchos de esos señores del Parlamento, son incondicionales del cardenal y proclaman a quien quiera oírles su fidelidad al rey Luis.
—¿Y nosotros? ¿No somos súbditos fieles del rey?
