
—Que Madame Sorel pasa por ser muy piadosa, generosa también, y que gustosamente se desplaza para sus caridades hasta lugares a veces muy lejanos de su casa. Sé que lleva consigo a su hija desde que cumplió seis años, igual que ha hecho nuestra madre conmigo. En adelante yo podría ir acompañada por Madame de Bure, y tú podrías acompañarnos también. La caridad saldría ganando y nuestra madre estaría encantada; seguro que también recibirías las bendiciones de monsieur Vincent.
—¿Quieres decir que sin ir a Sorel es posible ver a esas damas? Pero ¿cómo podemos saber adónde van?
—Uno de nuestros cocheros corteja a la nodriza de Louise. Seguro que conseguiremos encontrarnos con ellas...
Por toda respuesta, François estrechó a su hermana, y al día siguiente obtuvo de su madre el permiso para acompañar a Elisabeth en las visitas de caridad que ésta llevaba a cabo acompañada por su gobernanta. Madame de Vendôme, que había inscrito a su hijo menor desde muy joven en la Orden de Malta, con la esperanza de que sucediera algún día a su tío el Gran Prior Alexandre, vio en aquella iniciativa una señal del cielo: ¿acaso no era esencial para los caballeros de la orden la práctica de la caridad más humilde, cuya enseñanza comenzaba con los trabajos auxiliares hospitalarios más duros? Y así, pudo verse en varias ocasiones al joven príncipe de Martigues, cargado con un pesado saco lleno de panes, entrar con dignidad en algún pobre chamizo detrás de las «damas» de caridad. El espectáculo era tan novedoso que Mercoeur intentó tomarlo a broma, pero sufrió una áspera regañina de Madame de Vendôme.
A decir verdad, ese ejercicio fue menos penoso de lo que François habría creído. De carácter generoso y absolutamente desprovisto de fatuidad, se sintió próximo a las personas a las que iba a visitar y se interesó sinceramente por sus desgracias. Fue una suerte, porque la piadosa estratagema de Elisabeth no le permitió, en el curso de un largo mes, coincidir con la señorita de sus pensamientos más que en una ocasión. Le pareció más hermosa aún que en la abadía de Ivry, a pesar de que fuera ataviada en esa ocasión con la modestia adecuada a las circunstancias. No se le ocurrió nada que decirle, y se contentó con ruborizarse intensamente y maltratar su sombrero. Sin embargo, su promesa le pareció más difícil de cumplir que nunca.
