De hecho, sus ansias se recrudecieron. Así, cuando supo que ella estaba enferma, no pudo más. Necesitaba saber; era indispensable verla. Sin reflexionar, tomó un caballo y partió hacia Sorel. Pero ni siquiera pudo cruzar la verja de entrada al castillo. Lo despidieron sin demasiadas florituras oratorias: el mal era grave y nadie podía acercarse a la pequeña enferma, a excepción de su madre y las criadas. Fue así como François, más inquieto que nunca, se encontró en el bosque con las perspectivas de regreso que ya conocemos.


El tiempo no mejoraba. De súbito el cielo nublado se oscureció hasta tal punto que pareció que la noche se adelantaba. El caballo estaba nervioso y cuando de repente restalló un trueno violento, el animal lanzó un relincho parecido a una carcajada, se encabritó y lanzó a su jinete contra unos matorrales antes de salir al galope en dirección a Anet.

Lastimado más en su vanidad que en su cuerpo, François se levantó ileso preguntándose cómo se tomaría Monsieur d'Estrades, que se esforzaba por inculcar a los jóvenes Vendôme los grandes principios ecuestres dictados por el difunto Monsieur de Pluvinel, el regreso al castillo de un caballo sin jinete y, más tarde, de un jinete sin caballo.

Apenas había salido de entre los zarzales profiriendo reniegos, maldiciones e incluso juramentos, para dirigirse al destino que le aguardaba, cuando vio a la niña.

Vestida únicamente con un camisón manchado, aferrando una muñeca contra su pecho, estaba en medio del sendero con sus pequeños pies descalzos y lloraba en silencio, sorbiéndose las lágrimas de tanto en tanto y con el dedo pulgar en la boca.



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