
El guardia soltó a su padre. Dean le dio la mano a Kateb.
– Por supuesto. Por supuesto. Menos mal que se ha dado cuenta de que ha sido todo un malentendido -se volvió hacia Victoria y le sonrió-. Supongo que debo irme. Está bien, porque tengo cosas que hacer en casa. Lugares a los que ir. Gente a la que ver.
A Victoria ni siquiera le sorprendieron sus palabras. En realidad, era como si sólo hubiese oído que podía marcharse. Todo lo demás, le daba igual.
Kateb lo miró.
– ¿No me has oído? Voy a llevarme a tu hija.
Dean se encogió de hombros.
– Es una chica guapa.
Victoria sintió la ira del príncipe. Los hombres del desierto protegían a sus familias por encima de todo. No podía entender que un padre entregase a su hija para salvarse el.
Decidió ponerse entre ambos. Le dio la espalda a su padre y miró al Kateb a los ojos.
– No merece la pena -susurró-. Haga que los guardias se lo lleven.
– ¿No os vais a despedir? -preguntó él con cinismo.
– ¿Qué le diría si fuese yo?
Kateb asintió.
– Está bien. Lleváoslo. Acompañad al señor McCallan a su habitación. Que haga las maletas y llevadlo al aeropuerto.
Victoria se giró y vio cómo su padre se alejaba, al llegar a la esquina, él se volvió y se despidió con la mano.
– Estoy seguro de que vas a estar bien. Vi. Llámame cuando hayas vuelto a casa. Ella lo ignoró.
Entonces, se quedó a solas con el príncipe del desierto.
– Nosotros también nos marcharemos mañana por la mañana -le informó éste-. Tienes que estar preparada a las diez.
Ella notó un sabor extraño en la boca. Una mezcla de miedo y aprensión.
– ¿Qué debo llevar? -preguntó.
– Lo que quieras. Serás mía durante seis meses. Ya puedes volver a tu habitación.
Victoria asintió y fue en dirección contraria a los guardias y su padre. El camino era más largo, pero así no se encontraría con ellos.
