
– ¿Te estás ofreciendo a mí? ¿Por una noche? ¿De verdad crees que con eso vas a pagar por lo que ha hecho tu padre?
– Es lo único que puedo ofrecer -dijo. Tenía frío y ganas de vomitar-. No quiere mi dinero y no tengo nada más. Dudo que mi capacidad como secretaria pueda servirle de algo en el desierto -se le hizo un nudo en la garganta, tenía miedo-. No tiene que ser sólo una noche. El arqueó una ceja.
– ¿Más? ¿A qué fin? No estás hecha para el matrimonio.
Victoria deseó darle una buena bofetada, para que supiese que su comentario la había herido.
– Seré su amante durante todo el tiempo que desee. Iré con su alteza al desierto y haré todo lo que me pida. Todo. A cambio de que mi padre quede en libertad.
La mirada oscura de Kateb siguió estudiándola. Por fin, alargó la mano hacia uno de los tirantes del camisón. Se lo bajó. Después hizo lo mismo con el otro y la prenda cayó al suelo.
Victoria se quedó delante de él con sólo unas minúsculas braguitas, desnuda. Deseó desesperadamente taparse, darse la vuelta. Sintió que la vergüenza hacía que le quemasen las mejillas, pero se quedó donde estaba. Era su última opción.
Kateb la miró de arriba abajo, pero ella no supo qué estaba pensando, si la quería o no. Entonces, vio que se daba la vuelta.
– Cúbrete.
Y supo que había perdido.
Victoria pensó que no le quedaba nada, pero se negó a llorar delante de él.
Kateb salió al pasillo. Ella lo siguió y vio que se detenía delante de Dean.
– Tu hija ha accedido a ser mi amante durante seis meses. Voy a llevármela al desierto durante ese tiempo. Luego, podrá volver. Tú te marcharás de El Deharia en el primer vuelo de mañana. Y no volverás jamás a este país. Si lo haces, haré que te maten. ¿Ha quedado claro?
Por segunda vez aquella noche, a Victoria volvió a costarle trabajo mantener el equilibrio. ¿Había aceptado? ¿Su padre no iba a ir a la cárcel?
El alivio momentáneo pronto se vio convertido en miedo al darse cuenta de que se había vendido a un hombre al que no conocía, y que tampoco la conocía a ella.
