Habían pasado cinco años desde la muerte de Cantara. Cinco años durante los que había llorado su pérdida. En ocasiones, el deseo lo había llevado a irse con alguien a la cama, pero siempre se había tratado de una necesidad exclusivamente física. Nada más. Y se negaba a que el caso de Victoria fuese diferente.

Aquella estadounidense no tenía nada que ver con Cantara. Su bella esposa había nacido en el desierto, había sido risueña y morena. Habían crecido juntos. Lo había sabido todo de ella. No había habido sorpresas, misterios, y lo prefería así. Ella lo había entendido, había entendido cuál era su posición, su destino. Y había estado orgullosa, sin dar por hecho que eran iguales. Había sido su esposa y eso le había bastado.

Miró a Victoria. Su perfil era perfecto, sus labios estaban llenos. Aquella mujer querría ser igual que cualquier hombre. Esperaría que su opinión contase. Querría hablar acerca de todo. De sus sentimientos, de sus planes, de su vida. Y eso era más de lo que podía soportar un príncipe.

Volvió a mirarla y se dio cuenta de que le temblaba un poco la mejilla. Era como si llevase demasiado tiempo con los dientes apretados. Estaba pálida y sus manos estaban rígidas. Entonces lo entendió.

Tenía miedo.

Aquello lo molestó. No había sido tan cruel como para aterrorizarla.

– No pasará nada hasta que no estemos en el pueblo -le dijo.

Ella lo miró.

– ¿Cuánto tardaremos? -preguntó con voz trémula.

– Tres días. Muy pocas personas saben dónde está. Es muy bonito, al menos, para mí. No habrás visto nada igual.

Kateb esperó que ella no le preguntase qué pasaría cuando llegasen allí. No habría sabido cómo responder. Se la había llevado porque ella se había ofrecido a cambio de su padre y la ley del desierto respetaba los sacrificios nobles. ¿Pero cuál era el fin? ¿De verdad iba a hacer de ella su amante?



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