
Volvió a mirarla. Llevaba vaqueros y unas ridículas botas de tacón. La camisa era fina y se le pegaba a los pechos. Se obligó a concentrarse en la carretera.
Le parecía atractiva y disfrutaría de ella en la cama, pero no quería comprometerse a nada más que una noche. Lo que significaba que tendría que buscarle algo que hacer.
– Esto… Yo pensaba que la gente del desierto era nómada.
– Muchos sí, pero a otros les gusta vivir en el desierto sin tener que trasladarse de un campamento a otro. El pueblo permite tener lo mejor de los dos mundos.
– Espero haber traído suficiente crema solar -murmuró Victoria.
– Si no, te conseguiremos más.
– ¿Así que no tiene pensado abandonarme en el desierto y dejar que me coman viva las hormigas?
– No estamos en el lejano Oeste -comentó él en tono de broma.
– Lo sé, pero me sigue pareciendo un castigo horripilante. La horca sería más rápida.
– Pero hay menos oportunidades de que te rescaten.
– Eso es cierto.
Victoria dejó de sentir miedo. Kateb pudo por fin oler su perfume, o el olor de su cuerpo. En cualquier caso, le gustó. Y eso lo molestó.
Suspiró. Iban a ser unos seis meses muy largos.
Hicieron dos breves paradas para beber agua e ir al baño.
Justo antes de que se pusiese el sol, se detuvieron para pasar la noche y levantaron el campamento. Montaron varias tiendas con lo que parecían ser sacos de dormir y esterillas. Dos hombres se pusieron a trabajar en lo que parecía una cocina de gas y otros instalaron una especie de barbacoa, también de gas.
Kateb se acercó a ella.
– Pareces preocupada. ¿Acaso no son de tu gusto las instalaciones?
– Pensaba que haríamos una hoguera y que pincharíamos la comida en palos para cocinarla.
El arqueó una ceja.
