Aquello la sorprendió.

– No voy a presentarme ante el príncipe en bata. El jefe de los guardias la traspasó con la mirada, haciéndole saber que estaba equivocada.

Victoria se preguntó que estaría pasando. Se puso la bata de seda y se incorporó. Se la ató a la cintura y se calzó las zapatillas color lavanda de marabú.

– Esto es una locura -murmuró-. No he hecho nada.

Era una buena secretaria. Organizaba las reuniones del príncipe Nadim y se aseguraba de que su despacho funcionase bien. No hacía fiestas en su habitación ni robaba la plata real. Tenía el pasaporte en regla, se llevaba bien con los otros empleados de palacio y pagaba sus impuestos. ¿Por qué le habría mandado llamar el príncipe Kateb, al que casi no conocía? No había ninguna…

De repente, lo entendió. El guardia le hizo un gesto para que continuase andando, y lo hizo, pero sin prestar atención al camino. Acababa de imaginarse cuál era el problema, y era gordo.

Un mes antes, en un momento de debilidad, le había enviado un correo electrónico a su padre. Había sabido que era un error, y cuando él le había contestado, se había dado cuenta de que ya era demasiado tarde para cambiar de idea. A su padre le había encantado saber que estaba trabajando en el palacio real de El Deharia, y no había tardado en hacerle una visita.

Su padre siempre había sido una fuente de complicaciones, pensó Victoria mientras tomaban un ascensor y el guardia le daba al botón del sótano. Conocía lo suficiente aquel país para saber que nunca pasaba nada buena en los calabozos.

Las puertas se abrieron ante un largo pasillo. Las paredes eran de piedra y había antorchas en ellas, aunque la luz provenía del techo. Era un lugar frío, en el que el aire tenía una pesadez que hablaba de siglos pasados y de miedo.

Victoria se estremeció y deseó haber llevado una manta para taparse. Sus zapatillas de tacón golpearon ruidosamente el suelo de piedra. Ella mantuvo la vista fija en el guardia que tenía delante. Su espalda le pareció mucho más segura que cualquier otra cosa. Le aterraba que pudiese haber viejos aparatos de tortura detrás de las puertas cerradas. Se preparó para oír gritos y esperó que si los oía, no fuesen los suyos.



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