
La ansiedad hizo que le costase trabajo respirar. Su padre había hecho algo malo. Estaba segura. La cuestión era cómo de malo y cómo podían afectarle a ella las consecuencias… otra vez.
El guardia la condujo hacia una puerta abierta y le hizo un gesto para que pasase. Victoria puso los hombros rectos, tomó aire y entró en la habitación.
Para su sorpresa, no era un lugar tenebroso. Era más grande de lo que había esperado y había tapices en las paredes. En el centro había una mesa de juegos y media docena de sillas a su alrededor…
Volvió a mirar la mesa, cubierta de cartas, y después recorrió la habitación con la mirada hasta encontrar a su padre de pie en un rincón, intentando no parecer preocupado.
Le bastó mirar a Dean McCallan un momento para saber la verdad. Su encantador y guapo padre había roto su promesa de no volver a jugar nunca más a las cartas.
Estaba pálido y asustado.
– ¿Qué has hecho? -le preguntó ella, sin importarle que hubiese otras personas en la habitación. Quería saber cómo de feas iban a ponerse las cosas.
– Nada, Vi. Tienes que creerme -respondió el levantando ambas manos, como para probar su inocencia-. Ha sido sólo una partida de póquer amistosa.
– Se suponía que no ibas a volver a jugar a las cartas. Me dijiste que te estabas recuperando, que llevabas tres años sin jugar.
Dean le dedicó su famosa sonrisa, la que siempre había hecho que a su madre le temblasen las rodillas. Con Victoria, el efecto era justo el contrario. Supo que tenía que prepararse porque iban a tener problemas.
