
Uno de los hombres se acercó y entrelazó los dedos para ayudarla a subir Victoria miró los camiones en los que estaban todas sus cosas, incluido su bolso. ¿Cómo iba a marcharse dejándolo todo? ¿Tenía elección?
Pisó las manos del hombre y se sentó en la silla. Después de tres días viajando en coche, se sintió bien a caballo, al aire libre. Kateb montó también y se colocó a su lado.
– Iremos hacia el noreste.
– ¿Acaso tengo pinta de saber dónde está eso?
El señaló a lo lejos, hacia unas colinas cubiertas de pequeños matorrales. Como si aquello fuese de ayuda.
Hizo avanzar su caballo. El de ella echó a andar detrás, sin que hiciese nada, lo que significaba que iba a ser tarea fácil seguir a Kateb.
– Si intentas escapar, no iré a buscarte -le advirtió él-. Pasarás días vagando antes de morir de sed.
– Venga ya -contestó ella, antes de darse cuenta de que estaba hablando con un príncipe-. Eso son tonterías.
Él ni se molestó en mirarla.
– ¿Quieres probar?
– No.
Entonces Kateb sonrió. Fue una sonrisa de verdad. Le salieron arrugas alrededor de los ojos y su expresión se relajó. Su rostro se transformó con un gesto accesible y atractivo. A ella se le hizo un nudo en el estómago, pero en esa ocasión no fue por miedo, sino por el hombre con el que estaba. Se sintió un poco aturdida. Y, de pronto, sintió un tipo de pánico diferente.
«No, no, no», se dijo a sí misma. No podía sentirse atraída por Kateb. De eso, nada. No iba a entregar su corazón a ningún hombre, y menos a un jeque que le daría la patada en seis meses. Tenía que relajarse. No pasaba nada. Sólo que cuando él quisiera que se metiese en su cama, no le parecería tan repugnante. Y eso era bueno.
– ¿Qué pasa? -le preguntó él-. ¿Estás mareada?
– No. ¿Por qué?
– Tienes mala cara.
– ¿Desde cuándo vive en el desierto? -preguntó ella, para cambiar de tema.
