
– ¿Por qué es tan sigiloso?
– Estamos cerca del pueblo. Está a menos de treinta kilómetros a caballo, y a unos setenta en coche. Yo voy a ir a caballo. ¿Quieres acompañarme?
– Claro. Gracias. Iré a cambiarme y estaré lista en diez minutos -contestó.
Entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de que, como era de día, las tiendas no estaban puestas. Tendría que cambiarse en la parte de atrás de uno de los camiones.
– ¿Por qué vas a cambiarte? Si ni siquiera las botas que llevas puestas están tan mal.
Ella bajo la vista hasta sus auténticas botas de cowboy.
– Ya lo sé. Son estupendas. Las compré de rebajas. Pero tengo ropa de montar.
– ¿Tienes ropa distinta para cada cosa?
– Por supuesto. Soy una chica. Aunque no sé si habré traído lo apropiado para ir vestida de amante. Las revistas no dicen qué ponerse en esos casos.
Kateb era mucho más alto que ella y tenía que bajar la vista para encontrar sus ojos.
– Escondes tus emociones utilizando el sentido del humor -comentó.
– Es obvio.
El levantó una de las comisuras de la boca, esbozando casi una sonrisa. Victoria no sabía por qué, pero tenía la sensación de que se sentiría mejor si lo hacía sonreír o reír.
– Lo que llevas puesto está bien -añadió él.
– Pero el conjunto de montar es genial.
– Ya me lo enseñarás en otra ocasión. Tienes que estar lista en cinco minutos.
– No hay caballos.
– Los habrá.
Kateb se alejó. Victoria observó cómo lo hacía, sin saber qué pensar de él.
Cuatro minutos y treinta segundos más tarde, apareció un hombre con dos caballos. Kateb habló con él y luego se acercó a Victoria con los caballos.
– ¿Cómo de bien montas? -le preguntó.
– ¿No es un poco tarde para preocuparse por eso?
El la miró fijamente.
– Bien. No soy una experta, pero he estado dos años montando un par de días a la semana.
