– No lo entiende. No puede entenderlo. Creció siendo un príncipe, rodeado de privilegios. Nunca le ha preocupado tener para comer. No sabe lo que es ver llorar a una madre porque no hay nada para la cena porque su marido se ha llevado todo el dinero. En una ocasión, se llevó hasta la televisión para venderla. Otra vez vendió el coche y mi madre tuvo que ir al trabajo andando durante un año, hasta que ahorró el dinero necesario para comprar otro.

Tomó aire antes de continuar.

– Era pobre. Muy pobre. La ropa que llevaba puesta era la que nos daban en la iglesia. Era humillante, llegar a clase y oír las risas y los comentarios porque llevaba puesta la ropa de otra niña. No sabe lo que es tener que vivir de la caridad.

De pronto, tuvo la necesidad de ir más deprisa, golpeó a su caballo y se alejó.

Kateb la observó. Iba en la dirección correcta, así que no le preocupó que pudiese perderse.

Victoria se movía bien en la silla, aunque llevaba los hombros echados hacia delante, como si fuesen soportando una pesada carga.

¿Le habría contado la verdad? No la conocía lo suficientemente bien como para confiar en su palabra, pero la vergüenza que había visto en sus ojos había sido real, como el dolor de su voz. Si había sido tan pobre como decía, era comprensible que le importase tanto la seguridad. Eso también explicaba su obsesión por la ropa y las rebajas.

La vio subir la colina y detener el caballo. Kateb llegó a su lado.

– ¿Es eso el pueblo? -preguntó ella sorprendida.

– Sí.

– Veo que se le dan mal las definiciones.


* * *

Victoria se había imaginado unas pocas tiendas, y un granero o tal vez un cobertizo. Lo que tenía delante era una ciudad rural, con calles, casas y campos.

– ¿Hay agricultura?

– Sí, hay varios ríos subterráneos de los que se saca el agua. En el desierto, el agua es vida.

– ¿Cuántas personas viven aquí?



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