
– Varios miles.
– No es un pueblo.
– Ha crecido mucho.
Victoria vio una estructura de piedra que dominaba el paisaje.
– ¿Qué es eso? -preguntó, señalándola.
– El Palacio de Invierno.
– ¿El palacio de quién?
– En el pasado, el rey de El Deharia pasaba aquí un par de meses al año. Cuando dejó de hacerlo, el consejo de ancianos estableció un líder para el pueblo. Su nombramiento tiene una duración de veinticinco años.
Ella recordó haber oído hablar del tema, se suponía que Kateb era uno de los candidatos a ocupar ese puesto.
– Veinticinco años es mucho tiempo. Supongo que el líder intentará no cometer errores.
– Si lo hace, hay modos de derrocarlo.
– Y siempre tiene que ser un hombre, ¿verdad?
El volvió a dedicarle aquella devastadora sonrisa.
– Por supuesto. Somos progresistas, pero todavía no apoyamos la idea de tener a una mujer al mando.
– Qué típico -murmuró Victoria-. Así que el líder se queda con el palacio y todo lo que va con él.
– Sí. El anterior líder, Bahjat, murió hace un par de meses, así que están buscando uno nuevo. Bahjat me permitió que ocupase algunas habitaciones del palacio.
– Porque es el hijo del rey.
– En parte. Teníamos mucha relación. Era como un abuelo para mí.
– Entonces, debe de echarlo de menos.
Kateb asintió y empezó a descender la montaña.
El camino era más sencillo de lo que parecía. Victoria dejó que el caballo escogiese su camino.
Tardaron casi una hora en llegar al valle. Pasaron delante de campos y granjas, y después el camino se convirtió en una carretera pavimentada. Victoria no podía creer que el pueblo fuese tan grande, ni que pudiesen vivir tantas personas en él. Había una interesante mezcla de cosas antiguas y nuevas. Molinos de agua situados cerca de generadores.
Las casas eran casi todas de piedra, con grandes ventanas y gruesos muros. Los porches proporcionaban sombra. Casi todas las casas tenían un jardín.
