
La gente saludaba a Kateb, y él les devolvía el saludo. Victoria sintió que la observaban y no supo qué hacer.
La relativa calma del día se desvaneció al acercarse al final del viaje. El aplazamiento que le había otorgado Kateb estaba a punto de terminar. ¿Qué iba a pasar después?
– ¿Yo también estaré en el palacio? -preguntó-. ¿O en otro lugar?
– Tendrás tus habitaciones en el palacio. Estarán separadas de las mías.
Eso era positivo. Poder tener su propio espacio.
– ¿Hay ducha?
El la miró, parecía divertido.
– Una ducha con la que hasta tú le sentirás satisfecha.
Estupendo. ¿Pero qué iba a pasar después de la ducha? ¿Qué iba a pasar esa noche?
– Tendrás electricidad y muchas otras comodidades del mundo moderno -añadió Kateb.
Ella intentó ignorar el escalofrío que sintió su cuerpo debido al miedo. «Cada cosa a su tiempo», se dijo a sí misma. Lo primero sería llegar al palacio.
Intentó distraerse durante el resto del camino estudiando el mercado abierto por el que estaban pasando. Vendían mucha fruta y verdura, junto con las joyas hechas a mano que tanto le gustaban. Ya volvería a comprar. Eso la haría feliz. Comprar era…
Torcieron una esquina y apareció ante ellos el Palacio de Invierno.
Al parecer, estaba formado por varios edificios. El central parecía el más grande. Era de piedra, con varios torreones y una formidable muralla de piedra alrededor del terreno. El tejado era de tejas y brillaba bajo el sol. En el centro de la muralla había un puente levadizo, además de varios puentes permanentes a izquierda y derecha. La gente iba y venía por ellos.
– ¿Cómo entrarán los camiones? -preguntó Victoria.
– La carretera llega hasta la parte de atrás. Allí están los garajes y una puerta para la mercancía.
Atravesaron el puente levadizo y más personas llamaron a Kateb. Lo saludaron con cariño, dándole la bienvenida. A pesar de que también la miraron a ella, nadie preguntó qué hacía allí. Y Victoria prefirió no saber qué estaban pensando.
