
– El príncipe me ofreció echar una partida. Habría sido de mala educación decir que no.
«Claro, la culpa nunca es tuya», pensó Victoria con amargura.
Victoria intentó no pensar en el pasado. Ya hacía casi diez años que había fallecido su madre, con el corazón roto por haber querido a Dean McCallan. Ella no había visto a su padre desde el funeral y en esos momentos se arrepentía de no haberse puesto en contacto con él antes.
– ¿Cuánto? -preguntó, sabiendo que iba a tener que quedarse sin ahorros y sin su plan de pensiones si quería arreglar aquello.
Dean miró a los guardias y luego sonrió.
– No se traía exactamente de dinero. Vi.
Victoria sintió que se le hacia un nudo en el estómago, tuvo miedo.
– Dime que no has hecho trampas -susurró.
Se oyeron pisadas. Victoria se giró y vio aparecer al príncipe Kateb en la habitación.
A pesar de sus tacones, seguía siendo mucho más alto que ella. Sus ojos eran oscuros, igual que su pelo, y tenía una cicatriz en una de las mejillas que le llegaba justo a la comisura de la boca, haciendo que su gesto pareciese siempre desdeñoso. Aunque tal vez eso no fuese sólo culpa de la cicatriz.
Iba vestido con pantalones oscuros y una camisa blanca. Era ropa informal, pero en él parecía la ropa de un rey. Sin la cicatriz, habría sido guapo. Con ella, era la pesadilla de un niño hecha realidad. Victoria tuvo que hacer un esfuerzo por no estremecerse en su presencia.
– ¿Es éste tu padre? -le preguntó Kateb a Victoria.
– Sí.
– ¿Le has invitado tú a venir?
Ella pensó en decir que lo sentía. Que hacía años que no lo había visto, que él le había jurado que había cambiado y lo había creído.
– Sí.
La mirada de Kateb pareció atravesarle el alma.
Victoria se cruzó la bata todavía más, deseando que no fuese de seda, sino de una tela más gruesa. También deseó llevar debajo un pijama en condiciones, y no un ligero salto de cama. Aunque a Kateb no le importase lo que llevase puesto.
