Victoria se puso muy recta. Luego, se giró a mirar a Dean.

– Cielo -empezó éste-. No tenía elección.

– Siempre se tiene elección -replicó ella en tono frío-. Podías no haber jugado a las cartas.

Se sintió traicionada y decepcionada, como siempre que se daba cuenta de que Dean no era como los otros padres. Nada le importaba más que la emoción de apostar. Por mucho que prometiese que iba a dejarlo, al final siempre ganaban las cartas.

Victoria se obligó a seguir erguida y miró al príncipe.

– ¿Y ahora qué va a pasar?

– Tu padre va a ir a la cárcel hasta que el juez determine la sentencia. Ocho o diez días serán suficientes.

– ¡No, Dios mío! -gimió Dean cayendo al suelo de piedra y tapándose la cara con las manos.

Parecía roto, vencido. Ella quiso creer que por fin había entendido que sus acciones tenían consecuencias, que había aprendido la lección, que iba a cambiar. Pero lo conocía demasiado bien. Tal vez fuese incapaz de cambiar. Era el momento de darle la espalda.

El único problema era que ella había hecho una promesa diez años antes. Su madre le había hecho jurar en el lecho de muerte que protegería a Dean, a cualquier precio. Y Victoria se lo había prometido. Su madre siempre la había querido y apoyado. Dean había sido su única debilidad, su único error.

– Castígueme a mí en su lugar -sugirió-. Permita que se marche y lléveme a mí.

Dean se puso en pie a duras penas.

– Victoria -dijo, había esperanza en su voz-. ¿Harías eso por mí?

– No. Lo haría por mamá -miró al príncipe-. Yo iré a la cárcel. También soy una McCallan.

– No tengo ningún deseo de encarcelarte a ti -respondió Kateb.

Deseó estar en el desierto, donde la vida era más sencilla y las reglas se respetaban con facilidad. Si a Dean McCallan lo hubiesen pillado haciendo trampas allí, alguien le habría cortado la mano… o la cabeza.



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