
¿Mandar a una mujer a prisión por los delitos cometidos por su padre? Imposible. Ni siquiera a aquella mujer, que no servía para nada más que para ocupar espacio.
Conocía a Victoria McCallan, al menos lo necesario para entender su carácter. Era muy guapa, tenía unas curvas impresionantes y era rubia. Era la secretaria del príncipe Nadim y llevaba dos años intentando que éste se fijase en ella. Quería casarse con un príncipe. No le importaba Nadim lo más mínimo. No obstante, no la culpaba por ello. Nadim era tan profundo como un grano de arena y tenía la personalidad de una pintura gris.
El reciente compromiso de Nadim con una mujer elegida por el rey le había estropeado los planes a Victoria. Kateb estaba seguro de que no tardaría en marcharse del país para buscar un marido rico en otro sitio. Mientras tanto, tenían el problema de qué hacer con su padre.
Miró al jefe de los guardias.
– Llévatelo.
Victoria agarró a Kateb del brazo. Este ignoró la reacción de su cuerpo, era normal. Ella era una mujer, él un hombre… no significaba nada más.
– No. No puede -lo miró Fijamente-. Por favor. Haré lo que haga falta.
– Estás agotando mi paciencia -le dijo Kateb, zafándose de ella.
– Es mi padre.
El príncipe la miró a ella y miró a su padre. Habría jurado que ella sólo sentía desdén por él. ¿Por qué le preocupaba tanto que fuese a la cárcel? A no ser que no estuviese pensando en Dean al ofrecerse, sino en conseguir a otro príncipe.
Dio un paso atrás y observó a la mujer que tenía delante.
Iba vestida de seda y encaje y llevaba unas ridículas zapatillas de tacón. Su pelo largo y rizado, sus grandes ojos azules y sus rojos labios estaban hechos para seducir. Debajo de la bata se intuían, además, unos pechos generosos que temblaban con su respiración.
