
Aquella mujer haría lo que fuese necesario para conseguir lo que quería. ¿De verdad pensaba que era tan tonto como para dejarse convencer por aquella belleza superficial? ¿Hasta dónde sería capaz de llegar para casarse con un príncipe?
Miró a su padre, que esperaba nervioso a que alguien moviese ficha. Tenía que haber defendido a su hija, pero no lo hizo. ¿Iba a permitir que se sacrificase en su nombre? ¿O formaría parte de la misma conspiración?
En el fondo, Kateb sabía que no era así, pero hasta que estuviese completamente seguro, prefería seguir pensando lo peor.
– Lleváoslo al pasillo -les dijo a los guardias.
Los guardias lo agarraron y Dean gimoteó y suplicó. La puerta se cerró tras de él.
– ¿Qué estarías dispuesta a hacer para salvar a tu padre? -le preguntó el príncipe a Victoria.
– Lo que me pida -respondió ella.
Le brillaban los ojos. Si Kateb hubiese sido un hombre más compasivo, habría asumido que tenía miedo, pero ya hacía muchos años que no sentía piedad por nadie.
– Debe de ser difícil para ti, una mujer sola, abrirte paso en un mundo de hombres -comentó, ignorando cómo iba creciendo el deseo en su cuerpo-. La igualdad que se da por descontada en Estados Unidos, es más difícil de alcanzar aquí. No obstante, te ha ido bien. Ya llevas un tiempo de secretaria de Nadim.
– Dos años.
– Es una pena que se haya comprometido.
– Parece muy feliz.
– Pero tú no. Todos tus planes… estropeados.
Ella se puso tensa. Lo miró a los ojos.
– Eso no tiene nada que ver con mi padre.
– ¿Seguro que no? Tal vez quieras intentar conquistarme a mí en su lugar. ¿Te presentas ante mí vestida de esa manera? ¿Para suplicarme?
Ella se cruzó de brazos.
– Si estoy vestida así es porque sus guardias no han permitido que me cambie.
– ¿Y así es como duermes todas las noches? No lo creo.
– En ese caso, tendrá que echar un vistazo a mi armario -respondió. Estaba empezando a enfadarse-. ¿Cree que estoy intentando seducirlo? ¿Que cuando me desperté y vi a cinco guardias alrededor de mi cama pensé que era mi día de suerte? Por favor.
