
La mansión Montcalm había sido el lugar elegido para el rodaje.
Charlotte respiró profundamente, se alisó la ropa y se dirigió hacia la puerta principal de la majestuosa casa de piedra de tres plantas. Las enormes puertas de nogal resultaban intimidantes.
Aquella mansión era de otra época. Un fiero señor de la guerra la había tomado durante la batalla y desde entonces había pertenecido a la familia Montcalm, que ya llevaba más de doce generaciones en ella.
Charlotte se armó de valor y llamó al timbre. Un elegante mayordomo abrió la puerta de par en par y la miró con un gesto impasible, formal y cortés.
– Bonjour, madame.
– Bonjour. Quisiera ver a Raine Montcalm, por favor.
El hombre se detuvo un instante para observarla mejor.
– ¿Ella la espera?
Charlotte negó con la cabeza.
– Soy Charlotte Hudson. Raine y yo somos amigas. Estudiamos juntas en Oxford.
– La señorita Montcalm no puede atenderla ahora.
– Pero…
– Le pido disculpas.
– ¿Podría decirle que estoy aquí por lo menos?
– La señorita no se encuentra en la casa en este momento.
Charlotte empezó a sospechar que intentaba deshacerse de ella deliberadamente.
– ¿De verdad que no está aquí?
El sirviente guardó silencio, pero la expresión de su rostro se volvió aún más formal y áspera.
– Le agradecería que le dijera que… -empezó a decir Charlotte.
– ¿Algún problema, Henri? -dijo una voz masculina y grave que a Charlotte le resultaba peligrosamente familiar.
– Non, monsieur.
Charlotte retrocedió sobre sus propios pasos al tiempo que un hombre apuesto y aristocrático aparecía en el umbral de la puerta, desplazando al mayordomo.
Se suponía que el hermano de Raine estaba en Londres. Ella misma había visto las fotos publicadas en los tabloides del día anterior y en todas ellas Alec Montcalm parecía pasárselo muy bien mientras bailaba en un exclusivo local de moda de la ciudad.
