– Me temo que Raine ha tenido que salir por… -se repente se detuvo y una sonrisa feroz se dibujó en sus labios-. Charlotte Hudson.

Ella guardó silencio.

– Gracias, Henri -respondió él, sin dejar de mirarla.

Cuando el mayordomo se retiró, Alec se recostó contra el marco de la puerta con gesto indolente.

– Me parece que nunca nos han presentado formalmente -dijo ella, extendiendo la mano con una sonrisa fugaz.

Por lo menos eso no era mentira. Se habían visto sólo una vez, pero aquel encuentro no había tenido nada de formal.

Charlotte tenía que fingir que lo había olvidado todo. No podía hacer otra cosa.

– Oh, creo que sí nos han presentado, señorita Hudson -su mano cálida y firme se cerró sobre la de ella.

Un escalofrío recorrió la espalda de Charlotte.

– Fue hace tres años -añadió él, ladeando la cabeza con un gesto desafiante y mirándola con intensidad.

Charlotte guardó la compostura y levantó una ceja, como si no se acordara.

– El Ottobrate Ballo, en Roma -dijo él, prosiguiendo-. Le pedí que bailara conmigo.

En realidad había hecho algo más que pedirle que bailara con él. Aquel hombre había estado a punto de arruinar toda su carrera en cinco minutos.

Roma había sido uno de los primeros destinos que le habían sido asignados como asistente ejecutiva de su abuelo. Conseguir ese puesto había sido un gran paso para ella y se había pasado toda la noche en un estado de nervios, ansiosa por hacerlo bien.

La sonrisa de Alec creció al ver la expresión de su rostro.

– Yo lo recuerdo muy bien -afirmó.

– Yo no… -dijo Charlotte, sin terminar la frase.

– Claro que sí -dijo él, sabiendo que tenía razón-. Y te gustó.

Charlotte no podía negar la realidad. Alec tenía razón.

– Pero entonces llegó el embajador Cassettes -añadió él.

Por suerte, su abuelo había llegado en el momento justo.



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