– No puedes hacer eso.

Demasiado tarde. Raine ya había colgado.

– Tiene que quedarse quieta -le dijo la esteticista mientras le hacía las uñas de los pies-. No querrá que le pinte los tobillos de pasión púrpura.

– Será mejor que la escuches -dijo Raine, apuntándola con el teléfono.

– Le has colgado a Emily.

– Llevabas media hora hablando con ella.

– Es por lo de la cena de la cumbre. No quería que situara a los sirios junto a los búlgaros.

– ¿Acaso se podría desatar una guerra?

– Quizá -dijo Charlotte, mirándose los dedos de los pies.

El esmalte de uñas de color pasión púrpura brillaba a la luz del sol. Raine le había prestado un biquini azul y juntas disfrutaban de unos momentos de relax en las tumbonas que estaban junto a la piscina de la mansión Montcalm. El césped de color esmeralda se extendía ante ellas y los frondosos cipreses y arbustos en flor les daban algo de sombra.

– No será para tanto.

– A lo mejor no, pero no puedo evadir mis responsabilidades en cualquier momento.

Esa misma mañana su abuelo le había dado permiso para tomarse un tiempo libre, pero aún así tenía que delegar en otros miembros del personal y eso implicaba dar instrucciones muy precisas.

– Yo lo hice -dijo Raine-. Cuando supe que estabas aquí, me subí al jet de la empresa de inmediato.

– ¿Y crees que eso te causará problemas?

– Bueno, supongo que ya lo averiguaremos cuando la edición de octubre llegue a los quioscos, ¿no?

– En serio…

– La revista sobrevivirá, y también el embajador. Tienes que relajarte.

– No debería moverse durante la próxima media hora -le dijo la esteticista, admirando las uñas de Charlotte y levantándose de su silla.

– Gracias -dijo Charlotte, mirándose las uñas de las manos y comparándolas con las de los pies.

La manicurista de Raine le puso la última capa de laca de uñas y entonces las dos mujeres empezaron a recoger sus cosas.



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