– No parece muy peligrosa.

– Pero no hay nada que hacer. Ya me costó bastante conseguir que se quedara en la casa durante le rodaje.

Kiefer se puso alerta.

– ¿Se va a quedar en la casa?

– Déjalo ya.

– Sólo digo que…

– No va a filtrar nada a la prensa.

– Bueno, alguien tiene que filtrar algo. Mejor que sea ella que Isabella.

– ¿Y quién opina eso?

– Yo.

– Pero tú no cuentas -Alec volvió a montar y reanudó la marcha. Kiefer fue tras él.

– ¿Por lo menos se lo pedirás?

– No.

– Si dice que no, entonces es que no. Pero a lo mejor…

– Nunca accedería.

– ¿Y cómo lo sabes?

Alec llegó al camino de tierra y emprendió la ruta de vuelta.

– Yo te lo explico. Charlotte Hudson es ejecutiva de la embajada y también es la asistente personal del embajador, que resulta ser su abuelo. Un tipo con mi reputación le pide que finja salir con él para calmar a la prensa. Si tú fueras Charlotte, ¿qué dirías?

– Entiendo -admitió Kiefer.

Pedalearon en silencio hasta lo más alto de la colina y, al llegar allí, Alec empezó a pensar en el aroma de los pasteles que el cocinero había metido en el horno justo antes de que salieran de la casa.

– No obstante -dijo Kiefer, mientras descendían la cuesta a toda velocidad-, el «no» ya lo tienes.


– No, no, no -dijo Charlotte mientras hablaba por teléfono-. No creo que sea buena idea que los sirios estén junto a Bulgaria. Ponlos junto a Canadá, o junto a los suizos.

En aquel momento, alguien le quitó el inalámbrico de las manos.

– ¡Eh! -se volvió hacia Raine, que estaba recostada en la tumbona de al lado.

– Charlotte tiene que dejarte ahora, Emily-dijo Raine por el teléfono-. Se está haciendo la pedicura.



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