Deseaba verla completamente desnuda, pero no había tiempo para eso.

La cadencia del movimiento aumentaba por momentos y la mente de Alec palpitaba de placer. Ya no quedaba nada en su conciencia excepto un instinto básico y un grito de deseo que finalmente los llevaría a la cumbre del paraíso más exquisito.

Se aferró a ella con ambas manos y la abrazó con fervor mientras los temblores del éxtasis sacudían sus cuerpos, sudorosos y saciados.


***

Charlotte yacía sobre la enorme cama de Alec, enredada en las sábanas. Tenía la mejilla apoyada en su fornido pecho y desde ahí podía oír su respiración regular y vigorosa. Una fina brisa se colaba por la ventana abierta del tercer piso, agitando las cortinas y descubriendo las luces del jardín.

– Creo que deberíamos mantener el secreto -se aventuró a decir ella.

– ¿Eso crees? -él deslizó las puntas de los dedos sobre su brazo desnudo-. A lo mejor deberíamos dejar a entrar a Kiefer con la cámara.

– O quizá podríamos hacer una rueda de prensa aquí mismo.

– Entonces seguro que conseguiríamos una portada.

Ella volvió la cabeza y apoyó la barbilla sobre el hombro de Alec.

– En serio.

El la miró a los ojos.

– En serio. Es nuestro secreto.

Ella asintió.

– ¿Y qué pasa con Jack?

Charlotte frunció el ceño.

– ¿No vas a decírselo?

– No.

Ella nunca había tenido suficiente confianza con su hermano como para hablarle de su vida privada.

– ¿Y tú se lo vas a decir a Raine?

Alec se encogió de hombros.

– No sé.

– Sospecha algo, ¿sabes?

– ¿En serio?

– Después de la escena que montaste esta tarde me preguntó si te me habías insinuado. Pensaba que te había puesto como loco porque te había rechazado.

– No andaba muy desencaminada.



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