
Ella sabía al mejor de los vinos, a su propia cosecha. Sus labios eran carnosos y suaves, cálidos y elásticos.
Deslizó el brazo hasta el final de su espalda y apretó sus suaves curvas con pasión, rozándose contra ella.
Charlotte era una verdadera diosa, un regalo del cielo sólo para él; un ángel en la Tierra, sólo para él…
Charlotte le agarró de los hombros y empezó a emitir tímidos gemidos de pasión. El la besaba en el cuello y ella se arqueaba hacia atrás, más y más. Sus pezones, turgentes y firmes, se dibujaban bajo el tejido del vestido y su escote parecía a punto de desbordarse.
Alec puso una mano sobre uno de sus pechos y empezó a acariciárselo con el pulgar. Entonces la levantó en brazos y le subió el vestido al tiempo que la recostaba sobre el suelo. Sus muslos firmes tenían un tacto de seda bajo sus manos.
El deslizó el pulgar entre sus piernas y recorrió el suave encaje de sus braguitas. Charlotte estaba húmeda y caliente.
Sin dejar de besarla y acariciarla, la agarró del trasero y, cargándola en brazos, la llevó al cuarto de baño adyacente. Una vez dentro, la apoyó sobre la encimera del lavamanos, le quitó el diminuto jirón de tela que cubría su dulce feminidad, se puso un preservativo y rozó la suavidad de su sexo.
Entonces le alisó el cabello con la palma de la mano y, mirándola fijamente a los ojos, acarició su hinchado labio inferior con la punta del pulgar.
Ella se inclinó adelante y, entre susurros y gemidos, le agarró del cabello.
El abrió los finos pétalos de su feminidad con los dedos de la mano.
– ¿Ahora? -le preguntó.
– Ahora -susurró ella.
Alec empujó hacia adentro y la agarró con fuerza de la cintura, empujando una y otra vez y saboreando el tacto de su cuerpo alrededor de su miembro.
Le bajó el vestido, destapó sus exquisitos pechos y cerró los labios alrededor de uno de sus dulces pezones, succionando y mordisqueando hasta hacerla jadear con todo su ser.
