Alec sacudió la cabeza.

– ¿Qué? -se volvió hacia Kiefer.

– Adelante. Échame por negarme a cumplir una orden -le dijo, desafiándolo.

– Yo no… -Alec entró-. Escucha, ya sé que Raine no te vuelve precisamente loco, pero…

Kiefer se echó a reír.

– ¿Qué tiene tanta gracia? -preguntó Alec.

– ¿Que Raine no me vuelve precisamente loco? -Kiefer dio un paso adelante y sacudió la cabeza con gesto perplejo-. ¿Crees que me niego porque no soporto a Raine?

– ¿Y por qué si no?

Kiefer miró a su amigo fijamente.

– ¿Kiefer? -insistió Alec.

– Raine me vuelve loco.

Alec no comprendía lo que ocurría.

Kiefer volvió a soltar otra risotada fría y sarcástica y apretó los puños.

– Preferiría que me echaras por negarme a cumplir una orden que lo hicieras por acostarme con tu hermana.

– ¿Eh? -Alec se quedó sin palabras.

– Tu hermana es maravillosa, Alec. Es preciosa y…

– Pero si estáis discutiendo todo el tiempo…

– Eso es porque si dejamos de discutir… -Kiefer se detuvo.

Alec trató de organizar sus pensamientos.

– La conoces desde hace años. Seguro que no te será difícil mantener las manos lejos de ella durante un par de días más.

– Nunca hemos viajado juntos y solos.

– Eso es una tontería.

– Ella ha estado enamorada de mí desde que tenía dieciocho años -dijo Kiefer-. No soy estúpido. Trata de esconderlo, porque se odia a sí misma por ello…

– Entonces, te dirá que no -dijo Alec-. Y yo sé que tú respetarás su decisión. Si intentas algo, Raine te rechazará.

– No cuentes con ello.

Alec sintió una avalancha de rabia repentina. ¿Acaso le estaba diciendo que tenía pensado seducir a su hermana?

– Échame ahora -dijo Kiefer, levantando las manos con impotencia.

– Nadie va a echar a nadie.

– Entonces, olvídate del viaje.



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