
No obstante, Charlotte siguió mirando a Kiefer, observando la expresión de sus ojos… Y entonces, durante una milésima de segundo, vio cómo su mirada descendía hasta el escote de Raine.
– Te deseo buena suerte con ello, Raine -dijo Kiefer.
– Gracias. Me encantará poder restregártelo en la cara.
– ¿Y de qué trata la carrera que estás estudiando? -le preguntó con ironía-. ¿De moda? ¿Bellas Artes?
– Por eso soy editora de una revista.
El Fingió observar la copa de coñac.
– Por cierto… -levantó la vista-. El mes pasado las ventas bajaron bastante.
– Eres un imbécil.
– Oye… -le dijo, fingiendo inocencia-. No dispares al mensajero.
– No me pidas esto, Alec -desde el balcón del despacho de Alec, Kiefer contemplaba las labores de la cuadrilla de albañiles que trabajaba en el jardín siniestrado.
– Sólo serán un par de días -dijo Alec desde la puerta, sin entender por qué se negaba Kiefer-. Llévala a las oficinas de distribución. Reúnete con los ejecutivos.
– Pero Raine no me necesita allí.
– Quiero que me pongas al día sobre el negoció de la revista. Tú mismo dijiste que las ventas disminuían.
– Sólo un poco.
Alec salió al balcón y se paró junto a su segundo de a bordo.
– Me necesitas aquí -dijo Kiefer.
– No.
– O en Toulouse.
– ¿Y de qué me sirves en Toulouse? Las oficinas están patas arriba y todo está en obras.
– Entonces, en Tokio. Mándame a Kana Hanako.
– Quiero que ayudes a Raine.
La verdad era que Alec quería que Kiefer mantuviera a Raine alejada de Château Montcalm durante un par de días. Esa era la única forma de pasar un poco de tiempo a solas con Charlotte.
La estrategia era un poco ruin por su parte, pero ya había utilizado a Kiefer en misiones aún menos loables en el pasado.
Kiefer contrajo la expresión y golpeó la barandilla con fuerza.
– Bueno, ya puestos, ¿por qué no me echas? -dio media vuelta y entró en el despacho.
