
Pero bueno, aquella noche las aguas del Sena se mantuvieron en su cauce y fue un simpatiquísimo y joven diplomático salvadoreño el que nos hizo reír reconciliantemente a todos, con la escenita que acababa de presenciar esa misma tarde.
– Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, un nombre tan de nuestros países, como verán, hija de gente muy bien de allá, sí, sí, de la capital, del mero San Salvador, como quien dice, se graduó hace apenas unos días en el internado más chic de Lausanne, con cinco idiomas, los mejores modales, y sabiendo cosas tan inútiles como que a un taxi se le para así.
El salvadoreño, que se llamaba Rafael Dulanto, se empinó sobre el pie izquierdo, alargó torso, cuello, y brazo y mano y pulgar izquierdos, casi hasta el medio de una avenida tan ancha como imaginaria, y sólo dio por concluida su explicación cuando el taxi se detuvo del todo y fue el taxista quien entonces se alargó íntegro para abrir la puerta trasera como le habían enseñado a Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, en Lausanne.
– ¿Y con un ómnibus, o con el metro, cómo hace la pobre niña? -le preguntó un invitado delicadamente antiguo y hondureño.
– Pues ignorarlos, vea usted. Una señorita graduada en una escuela como la de Fernanda María, simple y llanamente no usa transportes colectivos de masas, caballero.
