
– Entiendo, sí, ya entiendo, Rafael. Y disculpe usted la interrupción.
– Y mejor que no los use -continuó éste- porque la que se arma, cuando los usa. La que se arma, sí. Y miren ustedes, damas y caballeros, lo que he presenciado yo, con mis propios ojos, y nada menos que por orden de mi señor embajador.
Fue entonces cuando Rafael Dulanto nos soltó el cuento de la llegada a París en tren de Fernanda Mía. Y, la verdad, que bueno, que Mía dice que Rafael exagera un poquito, pero también es cierto que hasta hoy se pone colorada cuando se acuerda de su primera llegada a París, sólita su alma y recién posgraduada de todo y de nada, en Suiza. Fernanda Mía bajó del tren, seguida por el cargador de sus dos tremendas maletas del más fino cuero de chancho, aunque ya un poquito fatigadas de tanto trajín hereditario, avanzó por el andén sin mirar absolutamente a nadie, como debe ser, cruzó sin perderse un solo segundo en la sala de pasos perdidos, y nada la detuvo hasta llegar a la ventanilla de Información-París, con la seguridad esa que da la educación esa.
Mucho, muchísimo, pareció extrañarle a la señora que la atendió que la pelirroja y espigada señorita de ojos verdes y perfecto acento insistiera tanto, pero bueno, qué podía hacer ella, le pagaban un sueldo por informar y no por preguntar. O sea que buscó direcciones de Residencias para jovencitas y, al llegar a lo de Residencias de, efe, ge, hache, i, etcétera, se encontró con algo que sólo podríamos calificar de muy Dupont, en francés, de muy Pérez, en castellano, y de muy Smith, en inglés, en fin que se encontró con toda una diarrea de RESIDENCIAS PARA SEÑORITAS.
– ¿Tiene preferencia por algún barrio, señorita? -le preguntó, ya casi con piedad, la Informadora.
– Con uno bien frecuentado bastará -le respondió Fernanda María, con la sonrisa pertinente en estos casos y la educación esa.
Realmente muerta de pena, ya, porque por bien frecuentado se puede entender también todo lo contrario, la Informadora del Servicio Nacional de Ferrocarriles de Francia le entregó un papelito a Fernanda María, con nueve pésimas direcciones y sus trágicos teléfonos correspondientes.
