
Juan Manuel
Como nuestra historia, o más bien la historia de Fernanda Mía y la mía, casi siempre revueltos pero casi nunca juntos, jamás tuvo lo que en el tiempo convencional de los hombres se suele llamar Un principio, ni ha tenido, muchísimo menos, algo que me permita hablar de Un final, de ningún tipo, y menos aún convencional, voy a empezar bastante antes del principio, en una suerte de Nebulosa o de Prehistoria en la que llegan a mis oídos las primeras noticias de una chica educadísima y superingenua y salvadoreña de ilustre familia. No me queda otro remedio, la verdad, al hablar de una Mía objetiva y prehistórica, que ser subjetivísimo y legendario y hasta mitológico y, en verdad en verdad os digo, contarlo casi todo de oídas.
Y estoy seguro de que así también tendré que acabar. En una suerte de Posmundo o de Encuentros del Tercer Tipo, en el que un hombre recuerda a una mujer muy fina, siempre alegre y positiva, adorable y Tarzán, sumamente Tarzán, sí. Aunque Fernanda María tiene, para mí, muchísimo más valor que Tarzán, pues éste fue educado por monos y gorilas para actuar como tal, en un ambiente ad hoc, mientras que Mía fue educada para niña bien en lo Universal Sin Selva, que diría don Alejo Carpentier, o sea en un internado bien caro que las monjas del Sagrado Corazón tienen en San Francisco, y luego en su equivalente posgrado y jet set júnior, en la blanca, esquiante, chalet-suizo, neutral, aburridísima y políglota Lausanne. Y, claro, después, no bien asomó Fernanda María su aguileñita nariz posgraduada, al valle de lágrimas y gases lacrimógenos en que vivimos, le empezaron a pasar una serie de cosas para las cuales nadie, ni tampoco ninguno de sus diplomas, la había preparado, pobrecita, y además siendo demasiado ingenua aún.
