
Ninguno de los dos deseaba pensar en las cuestiones que los atormentaban. Sencillamente estaban demasiado cansados y aliviados. Durante una eternidad apenas habían hablado de otra cosa, y ahora no hablaban de nada. Ya empezarían el informe al día siguiente, o al otro.
– Casi no nos queda combustible -dijo Mary Grace.
– ¿Y la cena? -preguntó Wes, incapaz de hacer pensar una respuesta a su agotada mente.
– Macarrones con queso, con los niños.
El proceso no solo había consumido su energía y sus ahorros sino que también había quemado todas las calorías que pudieran sobrarles al principio del litigio. Wes había adelgazado cerca de siete kilos como mínimo, aunque no estaba seguro, porque hacía meses que no se subía a una báscula. No tenía intención de preguntar a su mujer acerca de un tema tan delicado, pero era evidente que ella también necesitaba alimentarse. Se habían saltado muchas comidas: desayunos mientras bregaban con los niños para vestirlos y llevarlos al colegio, comidas durante las que uno presentaba alguna petición en el despacho de Harrison mientras el otro se preparaba para el siguiente turno de preguntas, cenas en las que trabajaban hasta entrada la medianoche y simplemente se olvidaban de comer. Las barritas y las bebidas energéticas les habían ayudado a ir tirando.
– Me parece genial-dijo, y viró el volante a la izquierda, hacia una calle que les llevaría a casa.
Ratzlaff y dos abogados más tomaron asiento alrededor de la elegante mesa forrada de cuero, en uno de los rincones del despacho del señor Trudeau. El cristal de los ventanales ocupaba toda la pared, lo que proporcionaba unas vistas espectaculares de los rascacielos que se apiñaban en el distrito financiero, aunque nadie estaba de humor para apreciar la vista. El señor Trudeau estaba al teléfono en la otra punta de la estancia, detrás de su escritorio cromado. Los abogados esperaban nerviosos. Se habían mantenido en comunicación constante con los testigos presenciales que tenían en Mississippi, pero seguían disponiendo de pocas respuestas.
