El indicador de la gasolina anunciaba que les quedaba menos de un cuarto de depósito, algo en lo que Wes ni siquiera habría reparado un par de años atrás. Ahora se trataba de un problema bastante más serio. Por entonces conducía un BMW -Mary Grace tenía un Jaguar- y cuando necesitaba repostar, se limitaba a detenerse en su gasolinera preferida y a llenar el depósito pagando con una tarjeta de crédito. Nunca repasaba las facturas, de eso se encargaba su contable, a quien se las entregaba. Ahora ya no tenía tarjeta de crédito, ni BMW, ni Jaguar, aunque seguía trabajando con ellos la misma contable, que cobraba la mitad y administraba el dinero con cuentagotas para mantener el despacho de los Payton a flote.

Mary Grace también miró el indicador, una costumbre que había adquirido recientemente. Se fijó en el indicador y recordó los precios de todo: del litro de gasolina, de una barra de pan, de un litro de leche. Ella era la ahorradora y él el derrochador, pero no muchos años atrás, cuando los clientes acudían a ellos y ganaban casos, se había relajado demasiado y había disfrutado del éxito. Ahorrar e invertir no era prioritario. Eran jóvenes, el bufete estaba creciendo y el futuro parecía no tener límites.

Sin embargo, hacía tiempo que el caso Baker había devorado todo lo que había conseguido poner en fondos de inversión inmobiliaria.

Hacía apenas una hora, sobre el papel, estaban en la miseria y las deudas exorbitantes superaban con creces los contados bienes que pudieran quedarles. Ahora las cosas eran distintas. Las obligaciones no habían desaparecido, pero su balance de situación había mejorado notablemente.

¿O no?

¿Cuándo iban a ver toda o parte de esa maravillosa indemnización? ¿Les ofrecería Krane llegar a un acuerdo? ¿Cuánto tiempo duraría la apelación? ¿Cuánto tiempo podían destinar ahora al resto de los casos?



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