
Mary Grace no se volvió hacia ellos, pero si lo hubiera hecho, no habría saludado ni sonreído. Menos mal que no llevaba un arma en el bolso o la mitad de los picapleitos trajeados del otro lado ya no estarían allí. Colocó una libreta nueva de páginas amarillas encima de la mesa, delante de ella, escribió la fecha, a continuación su nombre y luego ya no se le ocurrió nada más. En setenta y un días de juicio había rellenado sesenta y seis cuadernos, todos del mismo tamaño y color, que ahora estaban perfectamente ordenados en un archivador metálico de segunda mano en el Ruedo. Le tendió un pañuelo de papel a Jeannette. Aunque lo controlaba casi todo, Mary Grace había perdido la cuenta del número de cajas de pañuelos que Jeannette había gastado durante el juicio. Por lo menos varias docenas.
La mujer lloraba sin parar, y aunque Mary Grace era muy comprensiva, también estaba harta de tantas malditas lágrimas. Estaba harta de todo: del cansancio, del estrés, de las noches en vela, del escrutinio, de no ver apenas a sus hijos, de su piso destartalado, de la montaña de facturas sin pagar, de los clientes desatendidos, de la comida china a medianoche, del reto que suponía maquillarse y peinarse todas las mañanas para estar mínimamente presentable ante el jurado. Era lo que se esperaba de ella.
