
Intervenir en un proceso importante es como zambullirse con un cinturón de plomo en un estanque oscuro y lleno de hierbajos. Consigues subir a la superficie para respirar, pero el resto del mundo deja de tener importancia. y siempre tienes la sensación de estar ahogándote.
Unas cuantas filas detrás de los Payton, en el extremo de un banco que se estaba llenando rápidamente, el asesor financiero del matrimonio se comía las uñas intentando aparentar calma. Se llamaba Tom Huff, o Huffy para los conocidos. Huffy se había dejado caer por allí de vez en cuando para ver cómo iba el juicio y ofrecer en silencio su personal oración. Los Payton debían cuatrocientos mil dólares al banco de Huffy y la única garantía eran unas tierras de cultivo en el condado de Cary, que pertenecían al padre de Mary Grace. Con suerte podrían venderse por cien mil dólares, lo que dejaba, obviamente, una cantidad considerable de deuda sin respaldo. Si los Payton perdían el caso, la que en su día había sido una prometedora carrera de banquero habría llegado a su fin. El presidente del banco había dejado de gritarle hacía tiempo. Ahora todas las amenazas las recibía por correo electrónico.
Lo que había empezado, bastante inocentemente, como una segunda hipoteca de noventa mil dólares sobre su preciosa casa se había convertido en una creciente vorágine de números rojos y gasto insensato. Insensato según Huffy al menos. Sin embargo, la bonita casa había pasado a la historia, igual que el bonito despacho del centro, los coches de importación y todo lo demás. Los Payton se lo habían jugado todo y Huffy no podía por menos que admirarlos. Un gran veredicto y él sería un genio. El veredicto equivocado y tendría que hacer cola detrás de ellos en el tribunal de quiebras.
El equipo financiero del otro lado de la sala no se comía las uñas y no parecía demasiado preocupado por una posible quiebra, aunque se había debatido la cuestión. Krane Chemical contaba con suficiente efectivo, beneficios y activos, pero también con centenares de demandantes potenciales que, como buitres, esperaban escuchar lo que el mundo estaba a punto de oír. Una sentencia disparatada y los pleitos les lloverían del cielo.
