El no cambió su expresión. Después hizo un gesto y alargó aún más la mano:

– Los cincuenta. Probablemente los necesitaré para el regalo de boda de Nicky.

Francesca intentó cambiar de tema.

– ¿Cómo que de Nicky? Si vamos a hablar de bodas, creo que ya me toca a mí.

Los ojos de Cario se abrieron como platos y dejó caer la mano.

– ¿Que te toca qué?

Francesca no había planeado ponerse a pensar en voz alta, pero al menos Cario parecía haberse olvidado del asunto de los cincuenta dólares que desearía no deberle.

– El mes pasado me tocó ser dama de honor, ayer Corinne Costello me obligó a meterme en ese traje y se casó, y mi mejor amiga Elise dirá «sí, quiero» el mes que viene. ¡«Yo» tengo que ser la siguiente!

– ¡«Tú» tienes que estar de broma!

Molesta, Francesca se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.

– ¿Y por qué no puedo ser yo? :

Cario suspiró.

– Aparte de lo absurdo de desear verte metida en un infierno de idilio, está el pequeño detalle de que hace… ¿años? que no tienes una cita.

Tal vez ese pequeño detalle hacía perder validez a su reclamación de ser la siguiente.

– Voy a cambiar todo eso -dijo ella con tozudez. Cario cruzó los brazos y meneó la cabeza.

– ¡De verdad! -insistió Francesca.

– Vale, entonces… -dijo él sonriendo- tengo otra apuesta para ti.

La sonrisa intrigante de Cario produjo a Francesca un ligero escalofrío. Otra de las cosas que implicaba el crecer entre hermanos era que daba a una mujer un fuerte sentimiento competitivo.

– ¿Doble o nada?

– Vale. Cien dólares a que no puedes hacerlo.

– ¿Hacer qué? -preguntó extrañada. No podía adivinar lo que Cario, que había estado de un humor muy extraño los dos últimos meses, escondía bajo la manga, pero le gustaba la idea de poder recuperar su dinero.



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