– Te apuesto a que no puedes conseguir un proyecto matrimonial firme para… -se detuvo y después chascó los dedos- para la próxima boda a la que asistas como dama de honor.

Francesca frunció el ceño.

– ¿Qué tipo de apuesta es esa?

El rostro de Cario se ensombreció.

– Tal vez tengas razón. Tal vez sea hora de que nos busquemos una vida propia.

Ella se quedó mirándolo.

– Puff -dijo él -. Olvídalo. Tú pásame mis cincuenta dólares.

– No, ¡espera! -mientras pensaba, Francesca repiqueteaba con las uñas sobre la encimera de la cocina-. ¿No tendría que pagarte ahora?

– No. Pero cuando no tengas acompañante en la boda de Elise a finales de mes, me deberás cien.

Aquello le dolió. El que asumiera de antemano que perdería la apuesta no le sentó nada bien a una mujer que había peleado mucho con sus cuatro hermanos durante los veinticuatro últimos años.

– Vamos a dejar las cosas claras. Si voy a la boda de Elise con una pareja seria, ¿se cancelaría mi deuda?

Cario afirmó con la cabeza. Esa seguridad hizo, que Francesca se sintiera aún más determinada en su propósito.

¿La pequeña Franny Milano a la caza de marido? Al otro lado de la puerta abierta, Brett Swenson quedó fulminado por la idea.

Por supuesto, ella ya debía haber dejado la infancia tras los doce años que habían pasado desde que él se fue, pero Brett no se podía resistir al hábito de años rescatándola de las trampas de sus hermanos, y aquello parecía otra de esas trampas.

Para evitar que sellaran la apuesta, Brett golpeó el marco de la puerta con los nudillos. Cario, a quien podía ver perfectamente de perfil, se giró hacia él con una sonrisa en la cara.

– ¡Brett, viejo amigo! ¡ya estás aquí!

Brett alargó su mano para agarrar la que Cario le tendía.

– Y listo para instalarme. He pasado sólo a saludar y a recoger las llaves.

– ¿Brett? ¿Qué haces aquí, y de qué llaves hablas?- dijo Franny, interrumpiendo la charla.



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