
Los Milano eran la familia apropiada para ayudarlo a conseguirlo. Los cuatro chicos Milano habían sido casi los suyos mientras crecían juntos. Y Franny…
– ¿Qué decías, Cario? -dijo ella.
… era demasiado pequeña como para salir con ella.
– ¿Cuántos años tienes ahora? -preguntó, intentando desviar la conversación de nuevo.
Ella lo miró de reojo.
– Los suficientes para hacer lo que quiero, cuando quiero. Hecho, hermano.
– Cario va a perder -dijo Elise, la mejor amiga de Francesca, deteniéndose en un pasillo de los grandes almacenes para señalar un pañuelo-. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué has aceptado esa apuesta?
Francesca se obligó también a tocar el pañuelo. No es que le interesara en absoluto, pero se había propuesto empezar a tomar ejemplo de Elise. A su amiga, que estaba comprometida y se casaría dentro de un mes, nunca le habían faltado novios.
– Acepté porque la apuesta me hará actuar para hacer algo.
– ¿Hacer algo?
– Algo para tener la vida de la que Cario habló. Elise se dio la vuelta y miró a Francesca con los ojos entrecerrados.
– Llevo años diciéndote que necesitabas tener tu propia vida.
– Lo sé, lo sé… es sólo que…
– Que trabajas para tu padre. Que tu padre se encarga de gestionar apartamentos ocupados principalmente por gente mayor. Que no tienes muchas oportunidades de conocer hombres. Que no sabes qué hacer para atraerlos. Que no sabes vestirte -Elise había dicho todo aquello sin respirar, pero en ese punto se detuvo-. ¿Sigo?
Francesca sonrió a modo de disculpa.
– ¿Te estás olvidando de la tía Elizabetta?
Elise afirmó con la cabeza, y el delicado aroma de su perfume llegó hasta Francesca.
– ¿Cómo voy a olvidarla? Desde que tu madre murió cuando tenías dos años, la única mujer de tu familia ha sido la tía Elizabetta, también conocida como Hermana Josephine Mary del Convento del Buen Pastor.
