
Brett la miró por primera vez. Ella no había crecido mucho, seguía siendo menuda aunque no podía apreciar bien sus rasgos, ensombrecidos por la visera de la gorra. Suspiró de satisfacción: con todas las vueltas que daba la vida, había una cosa que no había cambiado, la chicazo Franny. La hermanita pequeña traviesa que nunca tuvo.
– Franny -dijo él, agachándose ligeramente para mirar por debajo de la visera y ver con más claridad como había cambiado en aquellos años.
Ella dejó de mirarlo rápidamente y volvió la cabeza hacia su hermano.
– ¿Qué pasa aquí?
Cario sonrió.
– ¿No te lo había dicho? Brett ha vuelto a San Diego. Me crucé con él en la Fiscalía del Distrito. Se va a quedar en el apartamento siete hasta que encuentre un lugar definitivo para vivir.
La coleta de Francesca bailó por detrás de la gorra cuando sacudió la cabeza.
– Pop no me había dicho nada. Cario se encogió de hombros.
– Has estado muy ocupada con el lío de la boda – se frotó las manos -. Lo que me recuerda, Franny…
– ¿Eso que huelo es pizza? -interrumpió Brett, en un nuevo intento de detener el trato.
Recordaba otra apuesta entre los Milano muchos años antes. Los hermanos de Francesca habían apostado si su hermanita, que les seguía a todas partes, lloraría cuando no la permitieran ir a una excursión en bici sólo para chicos. Incapaz de soportar la idea de las lágrimas de la niña, Brett volvió para buscarla. Le enjugó las lágrimas de la cara y la montó en la barra de su bici, donde ella se acomodó muy digna, como una princesita chicazo.
Ella señalaba otra puerta.
– Están todos en la salita con Pop: Nicky, Joe y Tony.
Brett esbozó una sonrisa. Todo seguía en su sitio, donde lo había dejado. La decisión de volver a su ciudad había sido la correcta. Habían pasado dieciocho meses desde la muerte de Patricia, y era hora de rehacer su vida.
