

Enrique Vila-Matas
La asesina ilustrada
– A Conchita Sitges y Raúl Escari,
que se encuentran en el
origen de este libro
PRÓLOGO
TAN MEZCLADAS Y ENTRELAZADAS SE encuentran en mi vida las ocasiones de risa y de llanto que me es imposible recordar sin buen humor el penoso incidente que me empujó a la publicación de estas páginas.
Fue el año pasado, en un viejo hotel de Bremen, andando en busca de Vidal Escabia. Por un laberinto de corredores había llegado hasta el 666, el número de su habitación, y como fuera que la puerta estaba entreabierta y nadie respondía a mis llamadas acabé empujándola para quedarme mirando en la oscuridad, que estaba aliviada tan sólo por el brillo de unos ventanales. La esquina de una mesa tenía un brillo tenue, y detrás podía verse un bulto caído sobre la alfombra. Hallé el botón de la luz y se encendió una lámpara de cristal que colgaba del techo. Vidal Escabia estaba allí, al pie de la mesa, mirándome con los ojos abiertos. Estaba muerto.
Observé detenidamente la escena y mi atención pronto se centró en la gruesa alfombra. En ella, junto al cuerpo del escritor, entre manchas de sangre, a la altura de sus impecables mocasines rojos, había una minúscula pistola y, a su lado, el sobre sellado que dos días antes yo le había enviado por correo. El sobre contenía el manuscrito original de La asesina ilustrada, las notas escritas por Ana Cañizal y una carta de presentación firmada por mí. Pensé en guardar los escritos en el amplio bolsillo de mi abrigo, pero pronto reflexioné con calma y acabé obrando del modo que suele ser más habitual en este tipo de situaciones: dejé todo tal como estaba y di dos gritos, muy femeninos y francamente espeluznantes, que pusieron en pie a todo el hotel. Eran las siete de la mañana. Al día siguiente, el forense dictaminaba que Vidal Escabia se había suicidado. Se me permitió recuperar los escritos que le había enviado, y así concluyó el episodio de mi encuentro, el primero y el último, con Vidal Escabia.
