Fui invitada por un amigo común a sentarme a la mesa habitual del escritor. Yo misma me presenté a él con un lacónico saludo. Me miró brevemente, sonrió con cierta cordialidad y siguió prestando atención a la discusión que tenía lugar en la mesa. Al poco rato, él volvió a mirarme. Quiso saber por qué no había pedido nada para comer. Había comido en el hotel, de modo que me contentaría, dije, con una buena jarra de cerveza. Me recomendó que me mantuviera lo más distanciada posible de aquella discusión de sobremesa que él calificó de «banal». Yo creo que, más que nada, era aburridísima, porque al poco tiempo de estar sentada a la mesa, me entró mucho sueño. La conversación tan sólo se animaba cuando Herrera intervenía para contradecir, en tono irónico y casi siempre burlón, algún razonamiento que, por la intolerable torpeza con que había sido expuesto, le molestaba vivamente. Cuando hubo terminado el almuerzo, fueron poco a poco desapareciendo todos los comensales, y acabé quedándome a solas con Herrera. Creo que absurdamente cruzamos unas palabras sobre el té chino y que pronto dejó de interesarnos el tema. Entonces decidí no dar más rodeos y le expliqué que me encontraba en París porque me había sido encargado el prólogo a la primera edición de Burla del destino, sus memorias. Rebasados los momentos en que él fingió incredulidad -sabía de sobra que su representante había ya vendido los derechos de Burla del destino a la editorial para la que trabajo-, se extrañó a continuación de que escribiera prólogos siendo tan joven, me sonrió y acabó estrechándome la mano con un gesto deliberadamente cómico. Me ofreció toda clase de facilidades para que pudiera llevar a cabo mi trabajo. «De eso se trata», dije, «por esto estoy aquí: deseaba conocerle». Y añadí tímidamente: «Esa va a ser su mejor ayuda para mi prólogo: permitirme que le conozca un poco.» Me preguntó qué edad tenía yo. «Veinticinco años», dije con un cierto aplomo. Él comenzó a limpiar el hornillo de su pipa y, sin levantar la vista de la mesa, me ofreció las llaves de una pequeña vivienda situada en un rincón del jardín de su casa.



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