
A la mañana siguiente, dando por concluida mi estancia en el hotel Taranne, trasladé mi equipaje a la nueva residencia. Era una espléndida mañana de primavera, y el sol penetraba en los patios, grises y rojos, que se sucedían simétricos a la entrada de la casa del escritor. Entre los patios, fragmentos del jardín: espacios de verde césped y grupos de cedros y canteros de flores claras, todo cercado por la maciza curva de un muro que llegaba hasta la entrada de aquella gran casa que, rodeada de árboles y estatuas, dejaba entrever una ordenada sucesión de corredores y habitaciones. Tras los ventanales de la última estancia, entre los últimos cedros y canteros, se hallaba el caserón que me había sido destinado. Tomé posesión de él y pasé a desayunar con Herrera a la sombra del gran porche de su casa. Le encontré despidiéndose de las dos mujeres que cada tres días le visitaban para ocuparse de la limpieza de la casa. Tal como esperaba, él quiso saber cosas de mí; creo que le inquietaba mi edad; también me preguntó en qué iba a consistir mi prólogo. Le respondí con evasivas, ya que en aquel momento aún no tenía nada claro lo que iba a escribir. Hacia el final del desayuno, Herrera se puso de muy buen humor, comenzó a bromear, a contarme anécdotas de su juventud; se burló de un par o tres de escritores -en especial de Vidal Escabia, escritor alicantino de segunda fila, al que dijo haber maltratado de obra y de palabra- y acabó deslizando en la bandeja de mi desayuno unos pliegues de papel higiénico color rosado en los que había escrito un texto que, dijo, era el más idóneo para la contraportada de su libro. Se trataba de un resumen irónico de su biografía:
«Es frecuente que un clima de opinión, de claves no siempre lógicas, privilegie de entre los títulos de un escritor una obra singular, que pasa así a convertirse, por un proceso de asociación casi mecánico, en atributo indisociable del nombre del autor.
