Se sentó frente a mí y empezó a acribillarme con las preguntas más absurdas e inesperadas. Cuando hubo terminado, se quedó mirando al jardín, como con cierta nostalgia. Me dediqué a observarla. Tenía unos treinta y cinco años; parecía mucho más joven. Era muy hermosa. Imposible encontrar una cara más sombría y más cándida. Su cabellera era negra y lisa, peinada con raya al medio. Movía su pequeño cuerpo con estudiada dejadez. Se sentó en un sofá y apoyó su cabeza en un cojín de raso azul. Sujetaba en la mano una copa de la que bebió un sorbo antes de quitarse las gafas y dirigirme una mirada muy fría por encima del borde de la copa. Decidí pasar al contraataque y ser yo la que, a partir de entonces, preguntara. Quise saber, de entrada, si podía continuar viviendo en la casa que Herrera me había cedido. Su respuesta fue muy amable y me sorprendió. Dijo que para mí sería aún mejor instalarme en la casa de Herrera, trabajar en su estudio, ya que estaría más cerca de la documentación que precisaba para mi prólogo. Me dio las llaves de la casa y me dijo que podía instalarme en ella. Me quedé encantada. Se puso de pie, se despidió de mí y, tras dar una media vuelta enérgica, desapareció por la puerta del estudio.

Retiraron el cadáver de Herrera, y, cuando por fin se hubieron marchado todos de la casa, me quedé sola y la recorrí habitación por habitación. Me entretuve mucho en la biblioteca, inmensa y llena de atractivos. Cuando entré de nuevo en el estudio, algo llamó mi atención: todo seguía igual que cuando encontré el cuerpo de Herrera, todo excepto la disposición de los papeles y libros que había sobre su mesa de trabajo. Había desaparecido, sin que acertara a explicármelo, aquel cuaderno de música en cuya portada yo había leído, en grandes caracteres, «La asesina ilustrada». Papeles y libros aparecían muy revueltos, pero me pareció que tan sólo aquel cuaderno era lo que había desaparecido de allí. Pensé que Elena Villena se lo había llevado y me pregunté por qué lo había hecho. Rendida de sueño, me acosté en la cama que había en el estudio. La desaparición del cuaderno hizo que durmiera intranquila. No dejaba de recordar todos los sucesos de aquel día; presentí que iba a tener un mal sueño.



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