Aquella noche vi que la luna brillaba a través de un anillo de niebla entre las altas ramas de los árboles que escoltan la vía del ferrocarril que une la ciudad de Barcelona con la de Sitges. Por un momento, dentro del sueño, me preguntaba por qué había vuelto tan pronto a mi país y pensaba que sin duda estaba soñando, aunque finalmente abandonaba la idea. En mi compartimento del tren, sentado a mi lado, había un viajero que se obstinaba en hablarme. Yo estaba leyendo el libro de memorias de Herrera, y la lectura me arrastraba a enamorarme de Elena Villena. Apenas prestaba atención a las palabras de aquel incordiante viajero que se empeñaba en contarme una historia. «Estaba yo mirando hacia el palo de sonda», me decía, «cuando vi que un marino abandonaba su ocupación y se tendía sobre cubierta. Su actitud me extrañó. Yo no sé si ha viajado usted alguna vez en barco…» Dejaba muy pronto de escucharle y seguía leyendo mi libro, pero al poco rato volvía a prestar cierta atención al viajero y comprobaba que éste seguía hablando, aunque había dado un giro notable a su relato: «Esto, una vez que se hizo usual», me decía, «explicaría por qué Feríeles mantuvo su posición durante mucho tiempo…» Volvía a la lectura de mi libro, pero cada vez me interesaba menos.

No podía concentrarme, y lo que es peor: no lograba prescindir de la monónota voz del viajero. «Escuche, escuche», oí que me decía, «escuche la lluvia golpear contra el techo y las ventanas del tren». No sabía qué responderle, mientras él me miraba sin expresión alguna. Por un momento pensaba en cambiar de compartimento, pero finalmente optaba por una solución más rápida: no volver a hacerle el más mínimo caso.



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