
Armándome de valor, me acerqué a Elena Villena y le pedí sin rodeos aquel cuaderno de música que yo había entrevisto en el estudio de Herrera. Era un simple pretexto para iniciar una relación más intensa con ella. Se quedó extrañada y fingió no saber nada sobre el cuaderno.
– ¿De qué me está hablando? -preguntó.
– ¿Por qué me oculta ese cuaderno? -repliqué por decir algo.
– Está usted completamente loca. No entiendo nada de lo que me dice -dijo muy convencida.
Me callé un rato, pero finalmente acabé insistiendo, pues era raro que negara haber visto el cuaderno.
– De todos modos, ese cuaderno existe. Estoy segura de que usted se lo llevó de aquí y me lo está ocultando.
Una serie de miradas, tensas y ansiosas, se sucedieron entre las dos. El joven comprador nos observaba sin entender qué era lo que estaba pasando. Desvié mi mirada hacia la luz sin horizonte del paisaje lluvioso que podía verse tras los ventanales. Aquella luz que entraba era tan apagada que apenas lograba hacer brillar el tablero de la mesa en la que, de pronto, Elena Villena depositó el cuaderno en cuya portada había sido escrito, en grandes caracteres, La asesina ilustrada.
– Venía a restituirlo -dijo en voz baja, dejándome en un estado de gran perplejidad.
El comprador -siempre me he preguntado si realmente era un comprador, porque desapareció de mi vista después de aquel día y nunca más lo he vuelto a ver- dio muestras de impaciencia y tosió repetidas veces. Era evidente que quería ver el resto de la casa. Elena Villena se la enseñó a gran velocidad, y al poco rato se fueron los dos casi sin despedirse de mí. Traté de concertar una cita con Elena Villena, pero ella dijo que ya pasaría algún día por la casa. Cuando me hube quedado sola, encendí las luces de la sala y me dispuse a dar un vistazo al cuaderno que tenía en las manos. Me veo abriéndolo por la primera página sin imaginarme hasta qué punto iba a inquietarme su lectura.
