Ningún otro personaje está mejor descrito, más ensalzado; ninguno pintado con tanta pasión y amor. Un nuevo examen del estudio de Herrera me condujo a nuevos y sorprendentes hallazgos. Bajo la lámpara del escritorio había un objeto rectangular de color azul: un fichero en el que Herrera había ordenado meticulosamente, de la A a la Z, los temas de los que se compone Burla del destino. En un rincón del estudio, un tapiz representaba el jardín de una casa en la que, frente a una decoración completamente vacía, atravesada únicamente por escaleras y columnas, se hallaba la torpe imitación de una pintura de Boldini apoyada en el saliente de un mueble que imitaba la forma de una roca negra y triangular. De pronto me di cuenta de que la casa representada en el tapiz era la que yo estaba habitando y que el jardín allí representado no era otro que aquél que podía yo ver desde mi ventana: a la izquierda se veía un matorral verde; en el centro, un macizo de rosas al pie de un pruno amarronado; a la derecha, una albahaca en un tiesto, recortada sobre un fondo de casas parisinas. En la casa, las ventanas aparecían cerradas, pero en la segunda planta, en la ventana correspondiente a la habitación en la que yo me encontraba, pesados cortinajes parecían interceptar la luz que, proveniente del interior, iluminaba una escena que yo estaba, como espectadora, condenada a ignorar.

Finalmente, una tarde, cuando bajaba de mi aposento para salir a la calle, encontré a Elena Villena en la sala.

– La estaba esperando -se apresuró a decirme apenas aparecí.

Y, a continuación, me presentó a un hombre joven, muy bien vestido y de aire distraído, que, según me dijo, tenía la intención de comprar la casa. No me alegró la noticia, ya que en aquel momento iba a comenzar la redacción de mi prólogo y, por otra parte, me encontraba muy cómoda en la casa.



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