
– ¿Y por qué no confesarlo? Usted me gusta -dijo mientras se ponía el abrigo-; me divierte su locura.
Abrió la puerta, me dio un beso de despedida y se perdió en las sombras del jardín. Cerré la puerta, me quedé pensativa sin saber a qué carta quedarme: por un lado, era consciente de que ella me estaba ocultando algo; pero, por otro lado, pensaba que quizá había llevado demasiado lejos mis sospechas.
Me acosté temprano y, en sueños, vi que, desde un espejo, enmarcada en ondas de caoba, una mujer encantadora, de misteriosa mirada, se sentaba a mi lado en un sofá y me cogía las manos. La mujer era Elena Villena, y no era la primera vez que intervenía en mis sueños. (Cada vez con mayor insistencia imágenes, ideas, deseos brotaban en mí y me apartaban del mundo exterior hasta el punto de tener un trato más verdadero y más vivo con los sueños, con las imágenes y con las sombras que con el mundo verdadero.)
Elena Villena estaba recostada junto a mí en un sofá y yo estaba apoyada en un brazo del mueble. Ella me cogía las manos y me separaba los dedos, contaba lentamente las puntas mientras me decía cuánto me amaba. Me besaba en los labios, me cogía por la cintura y me arrastraba hacia ella. Volvía a besarme en la oscuridad, apagábamos la única lámpara que estaba encendida en el salón y me abandonaba pasivamente en sus brazos; hacíamos el amor y, mas tarde, cuando volvíamos a encender la luz yo comprendía qué clase de mujer era ella: sobria y a la vez sensual, cálida pero capaz de la más terrible frialdad si se lo proponía; todo cuanto ella me decía era una extraña mezcla de amor y de muerte, de elegancia y de vulgaridad, de belleza y de fealdad, de dulzura y de violencia. La amaba, sí, pero también la temía. Y acababa consintiendo que con una afilada daga atravesara dulcemente, con cinco amorosas puñaladas, mi corazón. Mis ojos se cerraban para siempre con la más bella de todas las imágenes de la muerte.
