– ¿Y por qué le envió el cuaderno a su marido? -pregunté tratando de tenderle una trampa.

– Quería saber qué era lo que opinaba él de mi texto. Siempre tuve confianza en su sentido crítico -respondió con la mayor serenidad del mundo.

No, no me lo creía. Era todo demasiado sencillo. Se lo dije, y ella se rió.

– Ya veo: le encantan los misterios -dijo mirando al jardín.

– Hay muchas cosas que no están claras.

– Claro, claro – exclamó ella bromeando, como quien da la razón a una loca.

– ¿Y qué me dice de esas gotas de sangre sobre la tapa del cuaderno?

Se quedó callada unos instantes. Luego respondió:

– Muy decorativas, ¿no le parece?

– Esto no es una respuesta – contesté enojada

– Claro que es una respuesta

– ¿Y por qué me ocultó el cuaderno?

– No se lo oculté. Me lo llevé a casa. Después de todo, era mío.

– ¿Y por qué lo llevaba con usted el día en que se lo pedí?

– ¿Y por qué – dijo imitando y ridiculizando mis gestos y mi tono de voz- es usted tan terca? ¿Y por qué no deja de hacerme preguntas absurdas?

Se aproximó aún más a donde yo estaba. Me miró fijamente a los ojos. Le aguante la mirada; ella estaba hermosísima aquella noche. Me di cuenta de que yo le gustaba y que no tardaría en tratar de seducirme.

– ¿Y por qué no me deja en paz? – dijo en tono muy cordial. Y añadió: -¿Y por qué no se da cuenta de que, si quisiera matarla, ya lo habría hecho?

Yo no sabía que hacer, si mostrarme avergonzada por mi interrogatorio o, por el contrario, mantenerme firme en mis sospechas. De pronto ella se levantó del sofá y me dijo que tenía que marcharse y que volvería por la casa en cuanto le fuera posible. Aunque no se lo dije, lamenté en aquel momento que ella se marchara tan pronto y me di cuenta de que era yo en realidad la que deseaba que ella me sedujera, la que, pese a no haber nunca tenido relaciones íntimas con otra mujer, me sentía de pronto muy atraída por ella.



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